lunes, 16 de mayo de 2016

Yo me enamoré en Ecuador.






Ay, Ecuador, por qué será que sólo nos das noventa días al año para recorrerte, caminarte, comerte? Para inundarnos de tus rios y tus playas, empaparnos en las nubes de agua de tus cascadas, en los besos y abrazos de tu gente, hundirnos en el barro de tus páramos y derretirnos al fuego de tu cocina?

Lo que me pasó contigo es amor. Es enamoramiento. Es eso que te pasa y no sabés bien por qué, como fue, cuándo exactamente pasó, pero te pasa con ese objeto, con ese ser o con esa cosa y no con otra.

Todos los países en los que estuve han sido maravillosos a su manera, he conocido gente bella y buena en cada lugar que pisé, me reí, aprendí y lloré en todos los países; en todos hay paisajes que te quitan el aliento, fiestas, música y comidas sabrosas. Pero en Ecuador me pasó algo que no me había pasado nunca, esta cosa de sentir que me encanta este país, que me encanta la gente.

No puedo explicarlo, ni recomendar un lugar que me haya volado la cabeza. No puedo decir que es el país con las mejores playas de la tierra o las montañas más impresionantes de la cordillera de los Andes... Pero amo ese lugar, irme ha sido duro, que ya quiero volver, ya siento nostalgia y añoro mi próxima visita. Sobre todas las cosas, Ecuador está poblado de gente hermosa, buenaza, llena de amor, de ganas de compartir, de historias, de calidez, de magia, de esperanza, de sonrisas y de los abrazos más cálidos que conozco.

No sé exactamente qué es lo que me sedujo tanto de ese país. No sé qué hechizo ha puesto en mí esa tierra mágica, no lo sé y probablemente nunca vaya a adivinarlo. Simplemente pasa. Y no soy la primera, ya varios viajeros que pasaron por acá me dijeron que sintieron algo parecido.

Quiero tratar de adivinarlo.

Ecuador tiene playas bellas, con tortuguitas, fragatas, piqueros de patas azules y cangrejos. Tiene un océano con arrecifes de coral donde viven cientos de especies de peces, estrellas de mar, caracoles, mantarrayas y pulpos. Tiene una sierra donde podés sentir a las montañas hablarte, comer las papas más ricas del mundo, conocer volcanes activos que pueden hacer erupción en cualquier momento, llenos de nieve, lagunas y rocas. Donde hay vicuñas, venados, toros bravos que pueden atacarte, páramos llenos de barro y zarzas, zorros, conejitos y colibríes de todos colores. Tiene el oriente, la selva, la Amazonía, los ríos de agua marrón y agua verde que se juntan en briosas corrientes, mientras los monos miran desde las copas de árboles gigantes o se cuelgan de las lianas, mientras la luna sale amarilla y gigante tras la frondosa vegetación y los grillos frotan sus patitas haciendo música y donde escuchas pájaros que ni siquiera suenan como pájaros.
Ecuador tiene todo eso, y es hermoso. Tiene arcoiris que te dejan boquiabierta durante minutos. En la sierra, en Antisana, vimos el que está en la foto. En el Tena vimos, sentadas en la puerta de un kiosko,  cinco arcoiris resplandeciendo al mismo tiempo en el mismo cielo. Y en la costa vimos los atardeceres más hermosos del Pacífico.

Pero claro, la verdad debe ser dicha, y es que más pienso y más entreveo que lo más lindo que tiene Ecuador es su gente. Gente que en la noche de la primer ciudad que recorrés, sin entender nada, buscando un hostal que no sabes dónde está, aparece en una camioneta comiendo un helado en familia y te lleva a recorrer todas las calles del centro en busca de un lugar donde puedas dormir tranquila y encima te regala plata para que cenes bien. Abuelas que atienden kioskitos y al verte con tus compañeras de viaje y mangueo (que en lenguaje viajero no es pedir, sino trabajar) saca sillitas, baja un toldo pata cubrirte del sol y te regala una gaseosa y un paquete de galletitas y yogures para desayunar. Gente que te recibe en su casa y te lleva a cosechar sus papas, sus choclos, sus sambos, y te cocina la comida más rica en un fueguito dentro de su cocina de barro. Hombres que te llevan a conocer sus lugares preferidos, familias que te hacen sentir parte de sus vidas, con chocolatadas, con sopas, con tortas que se hacen en un minuto en el microondas, con flores de cumpleaños, charlas eternas y niños que preguntan a qué saben los panqueques. Amigos que me han preparado postres con frutas que nunca había visto, que me llevaron a cascadas mágicas y lagunas de cuento. Amigas que traen pastel de chocolate a la casa para consentirnos, amigos que dicen que tienen pena (vergüenza) de ser quienes digan la oración previa a la comida y terminan dando un discurso que saca lágrimas... Amigos que te llevan en su auto escuchándote cantar y luego te lo agradecen, sin que una sepa cómo decir gracias por acompañarme en uno de los momentos más felices de mi vida. Jefes que regalan excursiones increíbles y te dan mucho más de lo que acordaron. Desconocidos que paran en la calle a ayudarte, que te aplauden y te animan a seguir viajando. Gente que te levanta cuando jalas dedo en la ruta y te invita a almorzar, desconocidos que te abren las puertas de su casa y se vuelven también amigos, prestándote libros, charlas y ron con cola.

Ecuador, tierra bacana, esta es mi declaración de amor. Te has robado mi corazón sin que pudiera hacer nada al respecto, y a ti quiero volver mil veces.


Fotos: Laguna Cuicocha (Imbabura), Laguna Mica (Reserva Ecológica Antisana, Quito), Volcán Chimborazo, Puerto López (Manabí)


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