lunes, 7 de marzo de 2016

Dejando Perú: cinco meses y medio viajando.



Después de casi cuatro meses desde la última vez que pude acceder a una computadora como para sentarme a escribir tranquila, he llegado a Ecuador y tengo una cama, una laptop, mis cuadernos y tiempo como para dejarme llevar un rato y compartir un poco lo que ha pasado en este tiempo.

Las últimas semanas en el Perú fueron tan intensas, tan fuertes. Estoy empezando a sentir que es parte de lo habitual, de lo que sucede cuando se pasa de un país a otro; lo hablamos con otros viajeros: son transiciones que remueven, cruzar la frontera, los trámites de migraciones... ¿Serán buena onda los oficiales, me darán noventa días, me tratarán bien, me interrogarán mucho? Por suerte a mí nunca me pasó nada, siempre fueron todos muy amables pero... Trámites, declaraciones juradas, papeleo que hay que revisar (que queden visibles los sellos, que estén claros los números, etc.)
La previa a cruzar la frontera no es fácil, por más tonto que parezca, cuando se viaja lento y se tiene tiempo para encariñarse con los lugares se crean lazos, y al partir es inevitable pasar por un pequeño duelo. Es la mezcla de la tristeza de partir con la excitación de ir otra vez a lo desconocido, a nuevas palabras, nuevas comidas, nuevas costumbres. Y pensar en todo lo que se vivió en el país que se deja: tantos encuentros, desencuentros, abrazos, sonrisas, alegría, alguna que otra frustración, momentos de plenitud, todo mezclado en un menjunge mágico de personas, lugares, sonidos, sabores.

Perú fue un capítulo largo, más de la mitad de mi viaje hasta ahora; fue el país en el que más tiempo estuve (tres meses). Viví muchas cosas allí, conocí mucha gente, experimenté más que en mis destinos anteriores los lugares, la cultura, la comida. ¡Y nunca pude imitar el acento!

Pude en las últimas dos semanas peruanas entenderme mejor, ver todo lo que crecí, poner en perspectiva esta nueva vida mía que comenzó en setiembre, cuando me subí a un ómnibus con destino a Córdoba, Argentina, y empecé a cumplir sueños que ni recordaba que tenía.
Empecé a vivir con todo el cuerpo lo que antes no me animaba, a poner mi materialidad en la realidad y dejar de vivir el mundo desde mi imaginación para vivirlo con los cinco sentidos. Asumí que quería viajar, que quería conocer la Tierra, que no me alcanzaba con leer y ver fotos y videos, que yo necesitaba poner mi piel, mis ojos, mis oídos y mi respiración en la montaña, en otro océano, que quería saborear frutas impensadas, hablar con otros acentos, en otros idiomas, mirar ojos que jamás habían visto la Plaza Matriz, la rambla de Montevideo o los leones del Argentino Hotel de Piriápolis, gente que no sabe ni qué es ni dónde queda el Uruguay.
Empecé a asumir que necesitaba conocer algunos rincones de mí que estaban un poco oscuros, que quería ponerme a prueba, que necesitaba verme fuerte y ágil ascendiendo por una montaña, durmiendo en el piso, subiéndome a un camión con desconocidos. Necesitaba verme en otras circunstancias, darme oportunidades con lugares, con personas, con deportes, con juegos, con artes nuevos. Y salí, me ariesgué. Me arriesgué con una compañera de viaje que no conocía, a estar en países de los que sabía poco y nada, a dormir en hoteles lindos y en hostales horribles, a viajar en autos, buses, camiones gigantes o mototaxis, a hacer rutas que no tenía idea de cómo eran, a confiar en gente que veía por primera vez en la vida, a comer comidas extrañas y picantes, a intentar entender dejos raros para los que a veces hubiera necesitado traducción, a cruzar ríos, autopistas, cordilleras y lagos.

Tuve miedo, lloré, sufrí algunas veces y me deshice recordando todo lo que había dejado.
En el camino dudé, me pregunté si seguir y conocí a un niño del norte que con el sol de su pelo me dijo que debía seguir caminando y no me dejó agradecérselo jamás. Confié en el mensaje, escogí quedarme en el viaje cuando mi compañera se volvió a la patria, seguí caminando y me hice una nueva amiga. Trabajé, aparecieron más compañeros y el desafío de convivir con ellos, de aprender a llorar con ellos, a ser con ellos. Viajando así aprendí a encontrar a los mejores amigos del mundo posible en cada ser que está a tu lado en el momento en el que está a tu lado, a aceptar y disfrutar de los amigos que hay aquí hoy.
Aprendí que no me siento sola, que me alcanza conmigo y que por eso puedo sentirme plena con quienes se acercan, porque se acerca gente que me quiere y que puedo querer. Por dos días, por tres meses, hablando por whatsapp, mandándonos selfies (!!) y quedando para contarnos nuestros viajes por skype.

En este tiempo conocí el río mas impresionante que vi en mi vida, que me habló en un idioma que mi mente no entendió pero mi corazón sí y me dejó claro que la Pachamama tiene una fuerza y un poder impresionante, no importa lo estúpido e ingenuo que le suene a la civilización occidental.
Seguí caminando y encontrando amigos y supe que no quería volver, que definitivamente no quiero volver ni parar de viajar, que esta vida le hace bien a mi cabeza, a mi sonrisa, a mis piernas y mis brazos, a mi cuerpo entero, a mi autoestima, a mi resistencia, a mi fe.
Aprendí que no necesito casi nada, que vivir me alcanza, que el amor de mi familia es incondicional y que aún hay cosas que lo pueden hacer crecer más, como verme feliz y libre haciendo lo que quiero hacer, siendo quien quiero ser, compartiéndome como tengo ganas de compartirme. Que hay mucha gente ahí afuera vibrando y resonando con lo que yo estoy haciendo por mí y sólo por mí y que eso me llena de fuerza y convicción para seguir mi corazón, el mandato de mi esencia, que también parece una mentira pero es la verdad. La esencia y el amor, la última Verdad.

Y ahora estoy acá, sabiendo que todo pasa por algo, incluso aquello que yo no puedo entender, y sé que ya lo sabía, pero me hizo bien conocer personas que me miraran a los ojos, me sonrieran y me dijeran, bailando, que esto es así, que estamos juntos, que estamos bien, y que para cada corazón boreal buscando derretirse hay dos almas de fuego danzante buscando quemar chispeando a quienes puedan sentir su calor y respirar su humo. Y que mi vida, definitivamente no es sólo mía ni sólo para mí. Mi vida es para todos, para darla a pleno en cada caricia, en cada mirada, en cada palabra, en cada foto y en cada canción.


La foto es en la Reserva Nacional de Paracas, Perú.

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

Gracias!! Me encanta que pases, y me encanta que comentes!

Posts populares

Scroll To Top