martes, 24 de octubre de 2017

Santiago de Cali, las mejores arepas del mundo y nuestra peor experiencia haciendo autostop

Sofi posa para mí con su guitarra en las calles de Cali

Recuerdo ir por Santiago de Cali un mediodía buscando dónde tocar. El calor, los árboles del centro, los puentes y las escaleras para ir del norte al sur, perdernos detrás de la cineteca, como si esa ciudad fuese un laberinto a cielo abierto en medio del Valle del Cauca. Casi finalizando la jornada, entramos a un restaurante de lo que en México llaman "comida corrida" y en otros lugares simplemente "menú", y cantamos en el patio. Un señor que estaba comiendo solo se reía, y se notaban sus ganas de hasta hacer palmas. Nos dio bastante dinero y nos preguntó por nuestro viaje, los empleados del lugar sonreían, la gente que pasaba por la calle se detenía a escuchar. A esa gente le gustaban los viajeros.

***

Por esas mismas calles, una noche, caminamos hasta cansarnos junto a un arquitecto que nos contó historias de la ciudad y sus edificios que hoy ya no recuerdo. Caminamos en la madrugada con él, subiendo y bajando esas mismas escaleras, cruzando los puentes sobre el río, por pasadizos entreverados, como autopistas para peatones, hasta terminar dentro de una trompeta gigante, leyendo letras de salsas famosas, y le dimos cierre al paseo en un puesto de arepas donde comían taxistas, prostitutas y otros personajes del bajofondo caleño.


La vista de Cali desde el hostel, donde aceptaron alojarnos por un tercio del precio de la cama y donde lloré al bañarme con agua caliente después de meses.

En ese entonces de la travesía por Colombia, las arepas aún no me gustaban, pero sabía que iba a perder yo si me atrincheraba en la idea de que eran feas, y que lo mejor que podía hacer era seguir intentando hasta agarrarles la onda. A esa altura de mi vida ya me había dado cuenta de que no valía la pena encapricharme en un "no me gusta", mucho menos cuando una anda viajando.

Creo que el problema era que las arepas, en la mayoría de los casos, suelen ser un poco insulsas, y eso me aburría. Pero son el alimento más común y más barato que uno puede encontrar en las calles de Colombia, además de la comida insignia del país (rasgo que comparten con Venezuela). Tuve que aprender a amarlas, y creo que esa noche fue cuando todo comenzó. Esas fueron las mejores arepas con queso y tinto (café en la jerga local, no vino) que comí en Cali, muy seguramente porque el ambiente tan pintoresco añadía la sazón que las arepas no tenían.

Quedaba mucho por recorrer en Colombia, el viaje por allí apenas iba comenzando, y nunca hubiera creído que un día iba a jactarme de haber probado las mejores arepas del mundo, en un rincón del país que probablemente muchos colombianos no conozcan. Las mejores arepas del mundo no estaban en Cali, tampoco en Cartagena, tampoco en Medellín. Las mejores arepas del mundo, únicas e irrepetibles, estaban en un lugar que de tan pequeñito ni siquiera recibe el nombre de pueblo.

Después de probarlas, no resultó nada difícil sentenciar que las arepas son deliciosas, y que yo probé las más ricas del planeta: unas arepas dulces de queso (en Colombia, parece que casi todo es dulce y tiene queso, el arroz con leche tiene queso, el aguapanela azúcar de caña disuelta en agua caliente, bebida que los colombianos quién sabe por qué razon aman se la toman con queso adentro, a los panqueques le ponen mermelada y queso, y al arroz le ponen plátanos maduros dulces y queso) que no se parecían en nada a las de Cali, blanquitas y secas, ni a las de Medellín, también blancas, a las de Ibagué, que eran más amarillitas, a las de Cartagena, con huevo adentro, o las que comimos en un parador en la Ruta 25, cerca de Yarumal, tan grandes que, como decía Omar, el camionero anfitrión en el viaje, "podrías ponértela de sombrero". No, estas arepas deliciosas las mejores del mundo mundial me atrevo a decir sin haber probado todas eran doraditas, dulces, gorditas, fritas, con queso por dentro y queso por fuera.

La arepa sombrero de Yarumal, con su trozo de queso y su tazón de chocolate al lado como corresponde.

Las comí —bueno, comí una sola en realidad en un caserío llamado San Roque, en el departamento del César, cerca de Bosconia. Fue en un parador al costado del camino, y no les saqué fotos. Creo que, como tantas cosas importantes en la vida, recién me di cuenta de que nunca iba a olvidar esas arepas cuando ya era demasiado tarde para conseguir otra. Apenas estuvimos allí de pasada, cuando intentábamos llegar de Santa Marta a Bucaramanga, gracias a que el camión en el que íbamos tuvo un desperfecto justo un kilómetro antes de donde había una quema de llantas que cortaba la ruta: estábamos en medio del bendito paro de muleros (camioneros, traileros) que afectó a Colombia entera durante el tiempo que allí estuvimos.

Ese fue el peor dedo (autostop, aventón, rait) de nuestro viaje junto a Sofi, y era el último. Nunca llegamos a Bucaramanga, el camionero, sin decirnos nada, nos llevó por otro lado. Cuando nos dimos cuenta, nos bajamos y decidimos ponerle fin a la travesía cambiando el rumbo hacia Bogotá. Pensamos que llegar a la capital iba a ser fácil... En ese tramo fue que nos tocó la única vez que dormirmos en la carretera, sobre unos cartones al lado de un peaje, custodiadas por vendedores de café y queso con bocadillo (el martín fierro colombiano: rebanada de queso con rebanada de dulce de guayaba). Después de cinco horas intentando conseguir que alguien nos llevara (y para ese momento ya hacía dos días que estábamos en la ruta) y un par de comentarios inapropiados de un camionero y un señor que manejaba un bus vacío, decidimos esperar al otro día para encarar la ruta con sol.

Sofi con las chicas que trabajaban vendiéndole tinto y queso con bocadillo a los camioneros.
Dormimos atrás de ese signo de PARE. Antes de acostarnos otro chico que trabajaba allí nos hizo arroz con arepas.


Teníamos toda la ilusión de que nuestro último trayecto fuera memorable, después de siete meses viajando por Bolivia, Perú, Ecuador y Colombia juntas, como mochileras musicales, como cantarinas hippies, y nos salió cualquier cosa. Terminamos tomando un ómnibus, cansadas, con ganas de bañarnos, hartas de todo, deseando llegar. Pero al final, a pesar de que no fue lo que soñábamos, el peor dedo de nuestro viaje nos dio la chance de conocer pueblos olvidados, charlar con personas de esos lugares, saber lo que es dormir al costado de la ruta, juntar unos totumos de abajo del mismo árbol para que Sofi se hiciera unas maracas, y, lo más importante, probar las mejores arepas del mundo.

viernes, 23 de junio de 2017

El camino de Coveñas a Cartagena


(Las únicas dos fotos que tomé en Cartagena, horribles y con el teléfono: me daba miedo salir con la cámara de fotos y sacar el celular por la calle.)

Los recuerdos de una viajera a veces no son historias, ni hilos, ni cuentos, ni se conviernten en canciones. A veces son sensaciones casi indescriptibles, vienen en una ráfaga y son sólo visiones, un sabor, una calle de una ciudad que no sabés cuál era, un parque, un mercado, un grupo de niños siguiendo en bicicleta al autobús recalentado y viejo por el que vas llegando a Tinogasta... A veces sí, si hay lápiz y papel cerca, o una computadora, esos recuerdos empiezan a desenvolverse y se van haciendo historias, relatos del viaje, pequeñas crónicas que poco a poco desvelan recuerdos que habían quedado llenos del polvo levantado en miles de kilómetros recorriendo América Latina.

De repente vino a mí un momento... Estábamos bajándonos de un camión en una estación de servicio con hotel en una ruta, antes de llegar a Cartagena. El mulero camionero era de Medellín, y sus ojos eran celestes. Lo habíamos ayudado a amarrar los bloques de cemento que transportaba bajo el sol caliente de la costa Colombiana, después de que nos recogiera en un tramo de la carretera que nos traía desde Coveñas. Habíamos llegado allí en una travesía de varios dedos, caronas, rides, jalones, raites o aventones. El primero fue un señor que nos llevó a nosotras y a una señora por algunos kilómetros, contándonos que era español y que de joven también había hecho autostop. Luego de ese auto, nos llevó un ómnibus de pasajeros. El conductor y el guarda nos llevaron gratis, por pura solidaridad, al vernos paradas al costado de la ruta. Nos dejaron donde ésta se bifurcaba entre el camino hacia Tolú y el viejo Tolú. En medio de la horqueta había un no tan pequeño pero sí precario puesto de comida; ya pasaba el mediodía y quisimos comer algo. La señora del puesto (que vendía carne encebollada con arroz y frijoles, lo mismo que en todos lados) se ve que no tenía ninguna clase de simpatía por... no sé si por los extranjeros, por los mochileros o por los hippies, la cosa es que claramente no tuvo simpatía por nosotras, y nos dijo que no le quedaba más comida. Claro que ella no contaba con la famosa magia del viajero, y, como casi siempre, tuvimos dos ángeles a nuestro lado: dos camioneros, que nos dijeron que por favor nos sentáramos con ellos, nos dieron su comida —sí, literal, dejaron de comer y nos dieron a nosotras sus platos y nos compraron una botella de refresco. Botella que, apenas ellos se retiraron, la señora para nada amablemente nos sacó de la mesa y se puso a tomar a un costado. En la vida previa al viaje solía ser muy susceptible a este tipo de actitudes, pero viajando empecé a tomarme casi todo con liviandad y alegría, y realmente no me importó: los muleros, le gustara a la señora o no, fueron generosos con nosotras, y ellos fueron quienes le dieron una lección.

Sofi y yo seguimos de lo más contentas. Terminamos de comer y nos volvimos a la carretera. A los cinco minutos, mientras la mencionada doña nos miraba con resentimiento, nos subimos al auto de unos policías vestidos de civil, que confesaron su oficio y su misión momentos antes de que los delatara el walkie talkie que llevaban en la guantera. Donde nos dejaron, y luego nos recogió el camionero con el que empecé el relato, me compré una golosina de coco de la que no recuerdo el nombre, pero probablemente tuviera el originalísimo apelativo de "cocada". Había blancas y marrones, y la señora, afrocolombiana, llevaba toda su producción del día, puro azúcar y panela azúcar de caña, que se llama panela en Colombia, porque acá en México es piloncillo o chancaca, y la panela es un queso en un canasto sobre su cabeza, como en esas fotos de lugares exóticos, pero en la vida real.

Ese hombre, el mulero güero, fue el único camionero, de todos los que me llevaron por algún camino de Sudamérica en este último año, que se me insinuó. Me dijo "qué rico tener una aventura contigo", mientras Sofi dormía contra la ventana. No le tuve miedo, era un tipo joven en este mundo machista, y yo era una extranjera berraca la palabra que usan los colombianos para alguien corajudo, valiente, arrojado, con su mochila y su valor a cuestas. Lamentablemente era esperable, y en algún momento suponía que podía pasar. Después de que me reí y vio que ese affaire iba a vivir solamente en su imaginación, sorpresivamente dijo que no entraría a la ciudad porque ya era tarde es cierto, eran casi las cinco y estábamos en pleno paro de camioneros, conforme fuera cayendo la noche podía empezar a haber retenes en el camino, se estacionó en la gasolinera-motel y nos dejó a pie. Sofi se perdió todo el episodio, pero como siempre, nos tomamos las circunstancias con buen humor la fe inquebrantable que Sofía y yo teníamos por esos días en la ruta era increíble, y si bien es cierto que fue decayendo mientras nos adentrábamos en el Caribe colombiano, nunca jamás desapareció y encaramos nuevamente la carretera para buscar un lugar de sombra donde levantar nuestros deditos a quienes pasaran. No llegamos ni a cruzar la calle, que un auto paró. Un hombre, morocho y joven, salió por la ventana "¿Van para Cartagena?" Nos subimos en seguida, el acompañante era el papá del chico... ¿O manejaba el señor? Ya no recuerdo... Los recuerdos de viajera no saben narrarse bien a veces. No puedo recordar con exactitud quién manejaba, o de qué hablamos, pero tengo bien presente el calor, el aire acondicionado, la oscuridad de entrar en un auto con la resolana puesta en los ojos, ese camino rodeado de plantas y humedad y el sol tan fuerte pegando en el asfalto.

Nos dejaron en las afueras de la ciudad, que desde allí no tiene nada que ver con ese paisaje colonial tan pintoresco de fortalezas y mar Caribe, de paredes coloridas, balcones con enredaderas y señoras con vestidos de volados y frutas en la cabeza. Cartagena en nuestra llegada era una ciudad de sol y tierra en el aire, de grúas, de ductos de metal y gente yendo y viniendo del trabajo, de fábricas y pico y placa (o sea, no todos los días pueden circular todos los autos dentro de los límites de la ciudad, por eso nuestros anfitriones nos dejaron ahí).

Nos quedamos en una rotonda, esperando un bus que nos llevara al barrio del amigo de una amiga que nos habíamos hecho en Puerto Escondido una semana antes, con la sensación indescriptible que una siente cuando llega a un lugar nuevo. Ese sabor tan familiar de no estar perdida simplemente porque nunca sé dónde estoy, porque hace tanto que no piso dos veces el mismo sitio que no puedo sentirme perdida en ninguna parte, porque no hay punto de comparación ni de partida, todo es nuevo, siempre, cada día en un nuevo pueblo o una nueva ciudad. Se parece andar caminando a oscuras, no puedo visualizar en mi mente el mapa de ninguna de estas ciudades por las que ando, apenas si me quedo dos días conozco el camino para poder volver a donde dejé la mochila, pero al llegar, todo es un montón de calles, gentes, sonidos y palabras nuevas. No tengo idea de dónde estoy, dónde queda el barrio más rico, ni dónde el más pobre. No sé dónde está el mar, ni dónde está el río. No sé cuál es la avenida más importante, ni dónde sale a bailar la gente. No sé cuáles son las líneas de ómnibus ni por dónde pasan, dónde está la alcaldía o el mercado de abastos. No sé cómo son las casas, ni los parques, ni las canchas de fútbol, sóftbol, béisbol ni los supermercados, y la verdad que no me importa. Si así como dice mi amigo Eze, ser feliz es una decisión, entonces digo yo que sentirse perdida también.

Y ahí, llegando a Cartagena, que desde la periferia no se parece nada a lo que muestran en las cuentas de instagram de viajes, decidí una vez más que no tener idea de dónde estoy ni para dónde estoy yendo no es estar perdida, sólo es estar, y que haberme liberado de la idea de tener que saber dónde estoy e imaginar un mapa en mi cabeza me alivia y me hace bien. Estoy en Cartagena, Colombia. Con eso alcanza.


El viaje de Coveñas a Cartagena de Indias, Colombia, fue, probablemente, el 28 de junio de 2016.

jueves, 11 de mayo de 2017

Madre


Ella es ella y es el mate pegado a sus manos. Ella es ella y sus puchos frente al mar. Ella es tortas de manzana para la tarde, la murga en la oscuridad y el calor de las madrugadas de febrero. Las obras de teatro y las anécdotas sobre sus alumnos, la emoción que irradia cuando cuenta la historia de un niño que en el teatro encontró un universo donde ser libre. Ella es el Darno o Cabrera desafinados en el living de su casa, las uñas llenas de tierra moviendo plantas y podando helechos, y el siempre presente cigarrillo entre sus dedos. Más mate, películas de animales que juegan al básquet, los libros de Harry Potter y los nombres de todos los desaparecidos de América del Sur. 
Ella es su clasismo, su imaginación para alentarnos a encontrar a todos los seres del cosmos en las nubes, y su libertad al darnos la libertad de pensar, creer y buscar nuestros ideales, nuestros sueños y nuestras verdades.
Ella nos dijo siempre que lo único que quiere es que seamos buenas personas y que no llamemos demasiado la atención, aunque esto último no nos salió bien nunca, a ninguna de las tres.
Ella es la madre que elegí antes de nacer, con sus aciertos, con sus errores, con sus virtudes y sus defectos, la que me engendró, me parió, me dio la teta y me enseñó a ser libre, llenándome siempre de amor.
Y desde México, en el día de las madres, le digo GRACIAS. Gracias ma por todo, pero sobre todas las cosas, por hacernos sentir siempre ese amor incondicional que no debería hacerle falta a ningún ser humano en la Tierra. Desde el día en que supiste que yo vivía dentro de vos, hasta el día de hoy, en que estando lejos y sin pedir consejos, sé que estás conmigo y tengo tu amor y tu apoyo siempre.

Gracias por hacerme notar siempre que la vida misma es un milagro de amor, no te preocupes, que mis noticias seguirán hablándote del aire y del sol. Feliz día.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Hueco





Los vecinos están escuchando a Neil Young, y veo la luna a través de las hojas del cocotero del patio. Nada.
Otro suicidio en Montevideo. Acá el viento norte y la luna llena, caliente, lejana, sobre el cocotero.

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No me quiero morir, pienso.
Porque en realidad, la muerte me vale madres.

Sólo será una roca gigante aplastando la calle, los yuyos, la arena, el agua.
La tierra fértil, tus ojos.
Sólo será un momento, un frío dolor, un hueco, y lo atravesaré sin miedo.

No me importa esa piedra, esa pared de nube.
No me importa:

me importa lo que hay antes.


La selva de flores rojas, de ríos que truenan, de agua revuelta.

La lluvia de gotas gruesas. El sol.
Los colores inasibles de otro puto arcoíris. De otro puto y mágico arcoíris.
Los colores de los ojos de los hombres que amé. Los lunares en la nariz, en las orejas, en las sienes, de los hombres que me amaron.

La caminata por todo este continente.
La naturaleza que trajo al amor,
el mundo de ruido, palabras y convenciones que se lo llevó.

No me importa morir, me importa no morir ahora.

Me importa que te mueras vos y no haberte dicho todo lo que te quiero.
Me importa que nos parta un rayo y que no veas el dorado color de mis dolores.

Y no, no quiero morir.
Tengo horas por hablarte, canciones por cantarte,
tengo letras que escribir y quiero que me escuches.

Porque esta vida es mierda sin la música, sin las aves, sin la clorofila de las hojas.

Y me niego a irme de acá sin haber amado de nuevo.

Me niego a dejar esta tierra de sol y agua, de arena y luna, de canciones, de peces, de sargazos olorosos ensuciando toda la playa donde suelo ir a nadar por las noches, en la oscuridad y el brillo de las noctilucas, como jamás creí que me atrevería, sin haberme sentido amada otra vez.

Me niego a retirarme de este lugar de viento, de agua, de cachetadas y besos, sin haber amado de nuevo. Sin haberme sentido amada otra vez.

Pero tengo miedo de morirme hoy, sintiendo que mi amor se regó en campos de arena.

No, me pongo más firme que nunca, yo así no voy a morir. Hoy no voy a morir. Acá no voy a morir.

martes, 25 de octubre de 2016

Bolivia

Copacabana
  Salar de Uyuni
Laguna Colorada, Reserva Nacional de Fauna Andina Eduardo Avaroa
 Laguna Blanca, Reserva Nacional de Fauna Andina Eduardo Avaroa
Isla del Sol
San Agustín, un pueblo en medio del tour Atacama - Uyuni
Marién en la Isla del Pescado, Salar de Uyuni
Copacabana
Isla del Sol
Nuestra carpa en Challapampa, Isla del Sol
Sofi y Marién en las ruinas de la parte Norte de la Isla del Sol

Bolivia... Bolivia es un país único. Con gente única, costumbres únicas, paisajes maravillosos, cielos infinitos, montañas surrealistas. Lenguas nuevas, colores, aromas, hierbas... Hay montañas, ciudades a más de 4.000 metros de altura sobre el nivel del mar. Islas encantadas en lagos legendarios. El salar más grande del mundo, cactus eternos e islas de coral.

Es un país de pollos amarillentos colgados del pescuezo en los mercados, carne llena de moscas y fruta podrida, pero también cintas de color en el pelo, volados en las polleras. Música insoportable en la radio y gritos estridentes en cada terminal, anunciando repetitivamente los nombres de los destinos. Cualquier viajero que haya pasado por Bolivia se reirá recordando e imitando esos pregones, es inevitable.

Bolivia es un país extraño, donde no sabés si estás en occidente o en dónde. Donde se caen las ideas a las que más nos aferramos, a veces sin saberlo, sin cuestionarlo, casi sin poder alumbrar siquiera si son cuestiones que necesiten plantearse. ¿Cómo tenemos tan internalizadas las reglas del tránsito? ¿Por qué nos parece obvio que un vendedor va a querer vender su producto? ¿Somos gringos aunque seamos latinoamericanos? ¿Los buses deberían salir en hora? ¿Las rutas estar asfaltadas? ¿Hay que ser "limpios"? Pasé un mes en Bolivia aprendiendo que todas esas cosas son aprendizajes, son cultura, son parte de cómo y dónde crecí. Me quedo con ese legado, estar en Bolivia no fue fácil. No fue fácil ver tanta basura en los mercados, en las casas. Casi jamás encontrar un baño limpio. Temer cruzar las calles porque nadie respeta los semáforos, las rotondas, ni siquiera el sentido de las calles. Pero siempre hay cosas interesantes y nuevas que se quedan con uno, por ejemplo, estuve un mes sin utilizar los cubiertos para comer, y ya nunca quise volver a agarrarlos. Alguna gente en Bolivia aprende a picar sin tabla y a pelar la papa sin desperdiciar absolutamente un gramo de pulpa. Es que Bolivia usar tabla para picar es casi un insulto a la capacidad de la cocinera (porque casi siempre cocinan las mujeres), el utensilio más apreciado es el batán (una piedra grande sobre la que se muelen los alimentos con la ayuda de otra piedra más pequeña y redondeada), y en Bolivia se come con la mano. No importa la clase social a la que pertenezcas, jamás usarás un tenedor, y la cuchara sólo si es estrictamente necesario.

En Bolivia, igual que en el resto de los países que visité en Sudamérica, exceptuando Argentina, casi nadie tiene horno. No entienden para qué queremos un horno, y descubrí que nosotros no sabemos qué cocinar sin él. La gente que tiene uno muchas veces lo utiliza como gaveta para guardar comida, y no pueden creer que una persona común y corriente como yo sepa hacer una pizza o galletitas de avena. Para muchos, en Bolivia y en otros países, esas son comidas que sólo vieron en la tele. En Bolivia muchas veces tampoco es fácil encontrar una heladera. La carne, los pollos, esos de los que ya hablé hace dos párrafos, yacen sobre mesas o en refrigeradores apagados. A nadie le importa. Tampoco hay cerveza fría o vino que no sea excesivamente dulce y amargo. No hay pan, sólo un par de variedades que no son sabrosas, y mucho más difícil aún es encontrar un buen queso. Pero se compensa la falta de todo lo que uno considera elemental con tantas frutas deliciosas, frutas que jamás había visto en mi vida, verduras y legumbres de todo tipo y color, a precios sumamente accesibles, que uno puede comprar en mercados donde no existen los kilos ni las balanzas. Supuestamente miden la mercadería en libras y arrobas, pero todo se mide a ojo y según la simpatía que sienta por nosotros nuestra caserita, o sea la vendedora. Y todo se puede regatear.

En Bolivia no hay tiempo estimado para un viaje en bus, ni mucho menos un horario establecido para la salida de la terminal: los buses salen cuando se llenan. Y a veces se rompen en el camino, o no logran atravesar un río crecido, o son retenidos por los bloqueos, mientras te cocinás lento al calor del sol o te congelás con el vientito frío de la noche del altiplano, que trae el olor a coca del acusi del vecino. Los buses pueden ser viejos o nuevos, pero todos paran dos o tres veces en el trayecto para que compres comida (la comida más popular es la salchipapa, o sea, panchos con papas fritas, que jamás de los jamases nadie te venderá por separado aunque le expliques que sos vegetariana, que te cobren igual pero se guarden una salchicha. No, hermano. La salchipapa es así y así se vende. No hay discusión.), o también para que uno haga pis al costado de la carretera, al lado de otras cuantas personas en cuclillas o de espaldas haciendo lo mismo. No hay tiempo para tener vergüenza, hay que mear después de 6 horas sentados. Y ahí estás, haciéndolo.

En Bolivia las estrellas se ven hermosas, hermosas como en ningún otro lugar del mundo, tan hermosas como en el Cabo Polonio de Uruguay.

En Bolivia están las lagunas más impresionantes que vi en mi vida, en la Reserva Nacional de Fauna Andina Eduardo Avaroa, uno de los mejores Parques Nacionales que visité en este viaje, en un tour maravilloso que nunca dejo de recomendar. Géysers, formaciones rocosas, flamencos, volcanes, montañas, viento, un salar... Todo junto. Cuando veo las fotos no puedo creer que yo estuve en esos lugares.

Hay montañas de colores, tierras rojas, baños termales. Llamas, alpacas, vicuñas, ovejas. La sopa de maní mas rica del mundo, desfiles de bandas de guerra. En Potosí hay callejuelas serpenteantes, mercados donde comer empanadas de hojaldre y queso recién hechas, en La Paz hay que subir y bajar muchas gradas (que es como allí le dicen a las escaleras), y el teleférico sale super barato, para poder tomarlo y conocer el mercado del Alto, que es como la feria de Tristán Narvaja de Montevideo pero diez o veinte veces más grande. Venden pocos libros, mucha ropa, comida, armas, discos y películas piratas. En Santa Cruz dicen que no hay nada interesante si no vas de parranda por el fin de semana, a mí el calor me sacó corriendo, no sin antes probar las masitas y conocer a un par de personas inolvidables. Villa Tunari y sus pájaros y ranas, Copacabana con esa magia inexplicable y sus hostales que cierran a las diez de la noche, y Sucre, que además de ser bella tiene un tobogán con forma de dinosaurio gigante, por el que te dejan resbalar aunque seas adulto.

En Bolivia me di cuenta de que quería viajar hasta cansarme, que me sentía joven y libre, que quería coleccionar historias maravillosas, recuerdos, memorias, y que quería compartirlas con nuevos amigos. Descubrí que había que hacer sacrificios, romper esquemas mentales y recorrer el lado oscuro de mis propios pensamientos y sueños para poder crecer y aprender a ser distinta.

Y de Bolivia salí casi corriendo, cuando me di cuenta de que no había chequeado el permiso de migraciones en el pasaporte. Porque así son las cosas, las sorpresas que te impulsan a seguir moviéndote para que estés donde tenés que estar exactamente en el momento en que tenés que estar ahí.


lunes, 5 de septiembre de 2016

Para dejar América del Sur





Escucho los aviones pasar afuera, en la madrugada fría de Bogotá, de una Bogotá que es suficientemente fría para que mis pies no puedan calentarse adentro de la cama, mas no tanto como mi Montevideo, donde ahora estaría temblando, con el calientacamas encendido, dando grititos para sacudirme el frío. Pero no, no estoy ahí, estoy en el hemisferio Norte, aunque siga en América del Sur, y escucho los aviones sobrevolar la casa, los escucho despegar y ensordecer el aire mientras se van hacia quién sabe dónde, y cada vez que los motores y turbinas de esas máquinas aladas llenan el silencio recuerdo que estoy a horas de subirme a un avión por primera vez y no lo puedo creer. Voy a subir a un avión, voy a volar sobre las nubes y voy a bajarme en otra parte. Bogotá me despedirá con una amiga llena de lágrimas y mi mochila llena de sueños, hermosas cartas, piedritas y cientos de recuerdos. Me voy de Sudamérica. Paso a paso, me fui yendo de todos lados.

Quiero subir a ese avión, quiero nadar en las nubes envuelta en mi traje metálico, correr por el cielo para llegar a una de las ciudades más grandes del mundo. Quizá me va a arder la garganta por el smog, quizá voy a llorar mientras veo el universo pasar tras la ventana del metro. Quizá tenga tiempo para sonreir, para lagrimear, para cantar. Seguro tendré tiempo para sonreir, lagrimear y cantar.

Ahora que estoy sola y a la vez no estoy sola jamás, ahora que sé que mi familia en su no entenderme me entiende y en su entenderme no me va a entender nunca; ahora que sé que a nadie le molesta lo que estoy haciendo con mi vida y que si a alguien le molesta no importa, ahora que sé que a mí no me preocupa tanto como antes lo que piensen, ahora que entendí que nunca voy a saber qué les puede gustar de mí a los otros, que siempre me equivoco, que nunca acierto a predecir sus reacciones, ahora que sé que no sé actuar para manipular a la gente, mejor abrazo mi transparencia más de lo que la he abrazado antes, mejor soy yo, y que venga conmigo quien me pueda querer así.

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Sigo yendo hacia el Norte. Escucho Prietto viaja al cosmos con Mariano. No sé dónde va a terminar mi viaje, no sé si encontraré un lugar donde quiera parar, no sé si voy a querer vivir en alguna parte, si querré seguir viajando o si querré morir. Probablemente me pase todo eso a la vez. Soy la niña de las mil contradicciones, como me dice siempre D.

Me voy de Sudamérica, los aviones pasan, los perros ladran en una grabación de youtube, es de madrugada. Mis pies siguen fríos. Pero mi corazón no. Siempre no. ¿Siempre no? Siempre no.



Julio de 2016 / Las fotos las tomé en mis vuelos Bogotá - Ciudad de México y Guadalajara -Cancún.

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