miércoles, 16 de noviembre de 2016

Hueco





Los vecinos están escuchando a Neil Young, y veo la luna a través de las hojas del cocotero del patio. Nada.
Otro suicidio en Montevideo. Acá el viento norte y la luna llena, caliente, lejana, sobre el cocotero.

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No me quiero morir, pienso.
Porque en realidad, la muerte me vale madres.

Sólo será una roca gigante aplastando la calle, los yuyos, la arena, el agua.
La tierra fértil, tus ojos.
Sólo será un momento, un frío dolor, un hueco, y lo atravesaré sin miedo.

No me importa esa piedra, esa pared de nube.
No me importa:

me importa lo que hay antes.


La selva de flores rojas, de ríos que truenan, de agua revuelta.

La lluvia de gotas gruesas. El sol.
Los colores inasibles de otro puto arcoíris. De otro puto y mágico arcoíris.
Los colores de los ojos de los hombres que amé. Los lunares en la nariz, en las orejas, en las sienes, de los hombres que me amaron.

La caminata por todo este continente.
La naturaleza que trajo al amor,
el mundo de ruido, palabras y convenciones que se lo llevó.

No me importa morir, me importa no morir ahora.

Me importa que te mueras vos y no haberte dicho todo lo que te quiero.
Me importa que nos parta un rayo y que no veas el dorado color de mis dolores.

Y no, no quiero morir.
Tengo horas por hablarte, canciones por cantarte,
tengo letras que escribir y quiero que me escuches.

Porque esta vida es mierda sin la música, sin las aves, sin la clorofila de las hojas.

Y me niego a irme de acá sin haber amado de nuevo.

Me niego a dejar esta tierra de sol y agua, de arena y luna, de canciones, de peces, de sargazos olorosos ensuciando toda la playa donde suelo ir a nadar por las noches, en la oscuridad y el brillo de las noctilucas, como jamás creí que me atrevería, sin haberme sentido amada otra vez.

Me niego a retirarme de este lugar de viento, de agua, de cachetadas y besos, sin haber amado de nuevo. Sin haberme sentido amada otra vez.

Pero tengo miedo de morirme hoy, sintiendo que mi amor se regó en campos de arena.

No, me pongo más firme que nunca, yo así no voy a morir. Hoy no voy a morir. Acá no voy a morir.

martes, 25 de octubre de 2016

Bolivia

Copacabana
  Salar de Uyuni
Laguna Colorada, Reserva Nacional de Fauna Andina Eduardo Avaroa
 Laguna Blanca, Reserva Nacional de Fauna Andina Eduardo Avaroa
Isla del Sol
San Agustín, un pueblo en medio del tour Atacama - Uyuni
Marién en la Isla del Pescado, Salar de Uyuni
Copacabana
Isla del Sol
Nuestra carpa en Challapampa, Isla del Sol
Sofi y Marién en las ruinas de la parte Norte de la Isla del Sol

Bolivia... Bolivia es un país único. Con gente única, costumbres únicas, paisajes maravillosos, cielos infinitos, montañas surrealistas. Lenguas nuevas, colores, aromas, hierbas... Hay montañas, ciudades a más de 4.000 metros de altura sobre el nivel del mar. Islas encantadas en lagos legendarios. El salar más grande del mundo, cactus eternos e islas de coral.

Es un país de pollos amarillentos colgados del pescuezo en los mercados, carne llena de moscas y fruta podrida, pero también cintas de color en el pelo, volados en las polleras. Música insoportable en la radio y gritos estridentes en cada terminal, anunciando repetitivamente los nombres de los destinos. Cualquier viajero que haya pasado por Bolivia se reirá recordando e imitando esos pregones, es inevitable.

Bolivia es un país extraño, donde no sabés si estás en occidente o en dónde. Donde se caen las ideas a las que más nos aferramos, a veces sin saberlo, sin cuestionarlo, casi sin poder alumbrar siquiera si son cuestiones que necesiten plantearse. ¿Cómo tenemos tan internalizadas las reglas del tránsito? ¿Por qué nos parece obvio que un vendedor va a querer vender su producto? ¿Somos gringos aunque seamos latinoamericanos? ¿Los buses deberían salir en hora? ¿Las rutas estar asfaltadas? ¿Hay que ser "limpios"? Pasé un mes en Bolivia aprendiendo que todas esas cosas son aprendizajes, son cultura, son parte de cómo y dónde crecí. Me quedo con ese legado, estar en Bolivia no fue fácil. No fue fácil ver tanta basura en los mercados, en las casas. Casi jamás encontrar un baño limpio. Temer cruzar las calles porque nadie respeta los semáforos, las rotondas, ni siquiera el sentido de las calles. Pero siempre hay cosas interesantes y nuevas que se quedan con uno, por ejemplo, estuve un mes sin utilizar los cubiertos para comer, y ya nunca quise volver a agarrarlos. Alguna gente en Bolivia aprende a picar sin tabla y a pelar la papa sin desperdiciar absolutamente un gramo de pulpa. Es que Bolivia usar tabla para picar es casi un insulto a la capacidad de la cocinera (porque casi siempre cocinan las mujeres), el utensilio más apreciado es el batán (una piedra grande sobre la que se muelen los alimentos con la ayuda de otra piedra más pequeña y redondeada), y en Bolivia se come con la mano. No importa la clase social a la que pertenezcas, jamás usarás un tenedor, y la cuchara sólo si es estrictamente necesario.

En Bolivia, igual que en el resto de los países que visité en Sudamérica, exceptuando Argentina, casi nadie tiene horno. No entienden para qué queremos un horno, y descubrí que nosotros no sabemos qué cocinar sin él. La gente que tiene uno muchas veces lo utiliza como gaveta para guardar comida, y no pueden creer que una persona común y corriente como yo sepa hacer una pizza o galletitas de avena. Para muchos, en Bolivia y en otros países, esas son comidas que sólo vieron en la tele. En Bolivia muchas veces tampoco es fácil encontrar una heladera. La carne, los pollos, esos de los que ya hablé hace dos párrafos, yacen sobre mesas o en refrigeradores apagados. A nadie le importa. Tampoco hay cerveza fría o vino que no sea excesivamente dulce y amargo. No hay pan, sólo un par de variedades que no son sabrosas, y mucho más difícil aún es encontrar un buen queso. Pero se compensa la falta de todo lo que uno considera elemental con tantas frutas delicionsas, frutas que jamás había visto en mi vida, verduras y legumbres de todo tipo y color, a precios sumamente accesibles, que uno puede comprar en mercados donde no existen los kilos ni las balanzas. Supuestamente miden la mercadería en libras y arrobas, pero todo se mide a ojo y según la simpatía que sienta por nosotros nuestra caserita, o sea la vendedora. Y todo se puede regatear.

En Bolivia no hay tiempo estimado para un viaje en bus, ni mucho menos un horario establecido para la salida de la terminal: los buses salen cuando se llenan. Y a veces se rompen en el camino, o no logran atravesar un río crecido, o son retenidos por los bloqueos, mientras te cocinás lento al calor del sol o te congelás con el vientito frío de la noche del altiplano, que trae el olor a coca del acusi del vecino. Los buses pueden ser viejos o nuevos, pero todos paran dos o tres veces en el trayecto para que compres comida (la comida más popular es la salchipapa, o sea, panchos con papas fritas, que jamás de los jamases nadie te venderá por separado aunque le expliques que sos vegetariana, que te cobren igual pero se guarden una salchicha. No, hermano. La salchipapa es así y así se vende. No hay discusión.), o también para que uno haga pis al costado de la carretera, al lado de otras cuantas personas en cuclillas o de espaldas haciendo lo mismo. No hay tiempo para tener vergüenza, hay que mear después de 6 horas sentados. Y ahí estás, haciéndolo.

En Bolivia las estrellas se ven hermosas, hermosas como en ningún otro lugar del mundo, tan hermosas como en el Cabo Polonio de Uruguay.

En Bolivia están las lagunas más impresionantes que vi en mi vida, en la Reserva Nacional de Fauna Andina Eduardo Avaroa, uno de los mejores Parques Nacionales que visité en este viaje, en un tour maravilloso que nunca dejo de recomendar. Géysers, formaciones rocosas, flamencos, volcanes, montañas, viento, un salar... Todo junto. Cuando veo las fotos no puedo creer que yo estuve en esos lugares.

Hay montañas de colores, tierras rojas, baños termales. Llamas, alpacas, vicuñas, ovejas. La sopa de maní mas rica del mundo, desfiles de bandas de guerra. En Potosí hay callejuelas serpenteantes, mercados donde comer empanadas de hojaldre y queso recién hechas, en La Paz hay que subir y bajar muchas gradas (que es como allí le dicen a las escaleras), y el teleférico sale super barato, para poder tomarlo y conocer el mercado del Alto, que es como la feria de Tristán Narvaja de Montevideo pero diez o veinte veces más grande. Venden pocos libros, mucha ropa, comida, armas, discos y películas piratas. En Santa Cruz dicen que no hay nada interesante si no vas de parranda por el fin de semana, a mí el calor me sacó corriendo, no sin antes probar las masitas y conocer a un par de personas inolvidables. Villa Tunari y sus pájaros y ranas, Copacabana con esa magia inexplicable y sus hostales que cierran a las diez de la noche, y Sucre, que además de ser bella tiene un tobogán con forma de dinosaurio gigante, por el que te dejan resbalar aunque seas adulto.

En Bolivia me di cuenta de que quería viajar hasta cansarme, que me sentía joven y libre, que quería coleccionar historias maravillosas, recuerdos, memorias, y que quería compartirlas con nuevos amigos. Descubrí que había que hacer sacrificios, romper esquemas mentales y recorrer el lado oscuro de mis propios pensamientos y sueños para poder crecer y aprender a ser distinta.

Y de Bolivia salí casi corriendo, cuando me di cuenta de que no había chequeado el permiso de migraciones en el pasaporte. Porque así son las cosas, las sorpresas que te impulsan a seguir moviéndote para que estés donde tenés que estar exactamente en el momento en que tenés que estar ahí.


lunes, 5 de septiembre de 2016

Para dejar América del Sur





Escucho los aviones pasar afuera, en la madrugada fría de Bogotá, de una Bogotá que es suficientemente fría para que mis pies no puedan calentarse adentro de la cama, mas no tanto como mi Montevideo, donde ahora estaría temblando, con el calientacamas encendido, dando grititos para sacudirme el frío. Pero no, no estoy ahí, estoy en el hemisferio Norte, aunque siga en América del Sur, y escucho los aviones sobrevolar la casa, los escucho despegar y ensordecer el aire mientras se van hacia quién sabe dónde, y cada vez que los motores y turbinas de esas máquinas aladas llenan el silencio recuerdo que estoy a horas de subirme a un avión por primera vez y no lo puedo creer. Voy a subir a un avión, voy a volar sobre las nubes y voy a bajarme en otra parte. Bogotá me despedirá con una amiga llena de lágrimas y mi mochila llena de sueños, hermosas cartas, piedritas y cientos de recuerdos. Me voy de Sudamérica. Paso a paso, me fui yendo de todos lados.

Quiero subir a ese avión, quiero nadar en las nubes envuelta en mi traje metálico, correr por el cielo para llegar a una de las ciudades más grandes del mundo. Quizá me va a arder la garganta por el smog, quizá voy a llorar mientras veo el universo pasar tras la ventana del metro. Quizá tenga tiempo para sonreir, para lagrimear, para cantar. Seguro tendré tiempo para sonreir, lagrimear y cantar.

Ahora que estoy sola y a la vez no estoy sola jamás, ahora que sé que mi familia en su no entenderme me entiende y en su entenderme no me va a entender nunca; ahora que sé que a nadie le molesta lo que estoy haciendo con mi vida y que si a alguien le molesta no importa, ahora que sé que a mí no me preocupa tanto como antes lo que piensen, ahora que entendí que nunca voy a saber qué les puede gustar de mí a los otros, que siempre me equivoco, que nunca acierto a predecir sus reacciones, ahora que sé que no sé actuar para manipular a la gente, mejor abrazo mi transparencia más de lo que la he abrazado antes, mejor soy yo, y que venga conmigo quien me pueda querer así.

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Sigo yendo hacia el Norte. Escucho Prietto viaja al cosmos con Mariano. No sé dónde va a terminar mi viaje, no sé si encontraré un lugar donde quiera parar, no sé si voy a querer vivir en alguna parte, si querré seguir viajando o si querré morir. Probablemente me pase todo eso a la vez. Soy la niña de las mil contradicciones, como me dice siempre D.

Me voy de Sudamérica, los aviones pasan, los perros ladran en una grabación de youtube, es de madrugada. Mis pies siguen fríos. Pero mi corazón no. Siempre no. ¿Siempre no? Siempre no.



Julio de 2016 / Las fotos las tomé en mis vuelos Bogotá - Ciudad de México y Guadalajara -Cancún.

jueves, 14 de julio de 2016

Naufragios

Ya no son las mismas formas de escribir, ni las mismas formas de cantar, ni las mismas formas de decir mi nombre. Voy caminando por una ciudad que no conozco, llegué hace un rato, después de dos días en la ruta, dos noches durmiendo en el piso, quince días de calor que parecieron dos mil, diez meses de escuchar mi corazón galopar entre las montañas más altas que vi en mi vida, y tantas voces nuevas resonando en mis tímpanos.

Yo ya no soy la misma, pero las lágrimas se me salen de los ojos tan tibias y escurridizas como cuando estaba en Montevideo sin saber para dónde correr. Se me llenan las mejillas de calor, y las palabras que antes eran raras y ajenas, como mejillas, ya no lo son. Ahora se me escapan otros sonidos, otros términos, hablo otros idiomas. Voy buscando hacerme entender y ya no sé ni de dónde vengo. Me preguntan quién soy y la vieja historia me cansa. Por enésima vez repito lo mismo y ya no significa nada, no me importa, voy a decir una historia que apenas es sombra de la real, no voy a ahondar en mis aguas lacustres. Debajo de la superficie tranquila y cristalina está la historia de un corazón roto, como todos se pueden imaginar, porque con corazones rotos se teje la historia de este mundo. La historia de una voz que no sabe encontrarse, o quizá cuando se encuentra no se escucha. De una mujer huracán que un día decidió soltar amarras y partir, otra más de miles en este mundo, pero una que es la mía.

Las formas de escribir no son las mismas, la libertad es otra, el miedo se cambió de lugar, corrió, se escondió, se fue, zapateó conmigo una chacarera alrededor de una fogata en la Córdoba argentina y a abrazó a un desconocido para dejar que sus piernas se enredaran con las mías, mientras apoyaba mi cabeza en su hombro y bailaba un vallenato entre cientos de personas muertas de calor en la Córdoba colombiana. Yo ya no soy la que era, pero aún no puedo saber qué cambió ni qué se queda.
No sé hasta cuando voy a llorar pensando en mis plantas creciendo en los balcones de un apartamento soleado del centro de Montevideo. Puedo suponer, sin mucho miedo a equivocarme, que voy a llorarlas para siempre. A los móviles de grullas de papel que dejé colgados, a mi diario íntimo sobre mi mesa de luz, sobre la que no sé si se apoyó quizá el vaso del que tomó agua quizá otra mujer que haya dormido quizá en la cama que compré aquella tarde en La Teja y en la que dormí tantas noches sola y tantas noches acompañada. No sé si se quedarán conmigo los ojos de los hombres que me abrazaron alguna vez caminando por los duros adoquines de Capurro o ellos también van a desvanecerse.

No, yo ya no escribo de lo mismo, porque ahora quiero decir otras cosas. Quiero cantarlas, pintarlas, dibujarlas, tocarlas en mi ukulele. Exorcizar esa mañana en la Facultad de Humanidades cuando yo no podía apenas escuchar lo que decía el profesor sobre los Naufragios de Álvar Núñez Cabeza de Vaca porque estábamos levando las anclas que alguna vez elegimos fondear en el corazón y el cuerpo del otro. Porque estaba cayendo en mí. Porque la vida me estaba corriendo, me estaba empujando, me estaba soplando. Y ahora quiero decir otras cosas, pero al final, son las mismas. Que los quiero a todos, pero que sigo buscándome a mí. Que encontré una verdad tan liberadora como incómoda, y es que mi lugar en el mundo puede estar en cualquier parte. Que la historia del patito feo me parte al medio, que no voy a parar de luchar por encontrar quién soy, a dónde pertenezco y con quién quiero compartirme. Y que quizá siga caminando toda la vida, pero será la única caminata que valga la pena, porque sigo caminando el camino de este corazón agujereado, apachurrado y loco que llevo con ardor y orgullo. Que voy a seguir contradiciéndome, odiándome, amándome, sufriendo y cantando, siendo la mujer más feliz y más tonta que conocieron en su vida. Que voy a seguir sufriendo la soledad porque voy a elegirla toda la vida, aunque sólo quiera sentirme parte de algo, aunque la elija porque no la quiero más.

Y que voy a seguir escribiendo, para que un día mi botella al mar llegue a donde tiene que llegar. Para que vos me leas. Para que la luz que sale de este pecho abollado y lleno de flores alumbre tus manos, para que me digas que estás ahí y me invites el abrazo que los dos necesitamos.


La foto es del Reserva Nacional de Paracas, en Ica, Pisco, Perú.

lunes, 16 de mayo de 2016

Yo me enamoré en Ecuador.






Ay, Ecuador, por qué será que sólo nos das noventa días al año para recorrerte, caminarte, comerte? Para inundarnos de tus rios y tus playas, empaparnos en las nubes de agua de tus cascadas, en los besos y abrazos de tu gente, hundirnos en el barro de tus páramos y derretirnos al fuego de tu cocina?

Lo que me pasó contigo es amor. Es enamoramiento. Es eso que te pasa y no sabés bien por qué, como fue, cuándo exactamente pasó, pero te pasa con ese objeto, con ese ser o con esa cosa y no con otra.

Todos los países en los que estuve han sido maravillosos a su manera, he conocido gente bella y buena en cada lugar que pisé, me reí, aprendí y lloré en todos los países; en todos hay paisajes que te quitan el aliento, fiestas, música y comidas sabrosas. Pero en Ecuador me pasó algo que no me había pasado nunca, esta cosa de sentir que me encanta este país, que me encanta la gente.

No puedo explicarlo, ni recomendar un lugar que me haya volado la cabeza. No puedo decir que es el país con las mejores playas de la tierra o las montañas más impresionantes de la cordillera de los Andes... Pero amo ese lugar, irme ha sido duro, que ya quiero volver, ya siento nostalgia y añoro mi próxima visita. Sobre todas las cosas, Ecuador está poblado de gente hermosa, buenaza, llena de amor, de ganas de compartir, de historias, de calidez, de magia, de esperanza, de sonrisas y de los abrazos más cálidos que conozco.

No sé exactamente qué es lo que me sedujo tanto de ese país. No sé qué hechizo ha puesto en mí esa tierra mágica, no lo sé y probablemente nunca vaya a adivinarlo. Simplemente pasa. Y no soy la primera, ya varios viajeros que pasaron por acá me dijeron que sintieron algo parecido.

Quiero tratar de adivinarlo.

Ecuador tiene playas bellas, con tortuguitas, fragatas, piqueros de patas azules y cangrejos. Tiene un océano con arrecifes de coral donde viven cientos de especies de peces, estrellas de mar, caracoles, mantarrayas y pulpos. Tiene una sierra donde podés sentir a las montañas hablarte, comer las papas más ricas del mundo, conocer volcanes activos que pueden hacer erupción en cualquier momento, llenos de nieve, lagunas y rocas. Donde hay vicuñas, venados, toros bravos que pueden atacarte, páramos llenos de barro y zarzas, zorros, conejitos y colibríes de todos colores. Tiene el oriente, la selva, la Amazonía, los ríos de agua marrón y agua verde que se juntan en briosas corrientes, mientras los monos miran desde las copas de árboles gigantes o se cuelgan de las lianas, mientras la luna sale amarilla y gigante tras la frondosa vegetación y los grillos frotan sus patitas haciendo música y donde escuchas pájaros que ni siquiera suenan como pájaros.
Ecuador tiene todo eso, y es hermoso. Tiene arcoiris que te dejan boquiabierta durante minutos. En la sierra, en Antisana, vimos el que está en la foto. En el Tena vimos, sentadas en la puerta de un kiosko,  cinco arcoiris resplandeciendo al mismo tiempo en el mismo cielo. Y en la costa vimos los atardeceres más hermosos del Pacífico.

Pero claro, la verdad debe ser dicha, y es que más pienso y más entreveo que lo más lindo que tiene Ecuador es su gente. Gente que en la noche de la primer ciudad que recorrés, sin entender nada, buscando un hostal que no sabes dónde está, aparece en una camioneta comiendo un helado en familia y te lleva a recorrer todas las calles del centro en busca de un lugar donde puedas dormir tranquila y encima te regala plata para que cenes bien. Abuelas que atienden kioskitos y al verte con tus compañeras de viaje y mangueo (que en lenguaje viajero no es pedir, sino trabajar) saca sillitas, baja un toldo pata cubrirte del sol y te regala una gaseosa y un paquete de galletitas y yogures para desayunar. Gente que te recibe en su casa y te lleva a cosechar sus papas, sus choclos, sus sambos, y te cocina la comida más rica en un fueguito dentro de su cocina de barro. Hombres que te llevan a conocer sus lugares preferidos, familias que te hacen sentir parte de sus vidas, con chocolatadas, con sopas, con tortas que se hacen en un minuto en el microondas, con flores de cumpleaños, charlas eternas y niños que preguntan a qué saben los panqueques. Amigos que me han preparado postres con frutas que nunca había visto, que me llevaron a cascadas mágicas y lagunas de cuento. Amigas que traen pastel de chocolate a la casa para consentirnos, amigos que dicen que tienen pena (vergüenza) de ser quienes digan la oración previa a la comida y terminan dando un discurso que saca lágrimas... Amigos que te llevan en su auto escuchándote cantar y luego te lo agradecen, sin que una sepa cómo decir gracias por acompañarme en uno de los momentos más felices de mi vida. Jefes que regalan excursiones increíbles y te dan mucho más de lo que acordaron. Desconocidos que paran en la calle a ayudarte, que te aplauden y te animan a seguir viajando. Gente que te levanta cuando jalas dedo en la ruta y te invita a almorzar, desconocidos que te abren las puertas de su casa y se vuelven también amigos, prestándote libros, charlas y ron con cola.

Ecuador, tierra bacana, esta es mi declaración de amor. Te has robado mi corazón sin que pudiera hacer nada al respecto, y a ti quiero volver mil veces.


Fotos: Laguna Cuicocha (Imbabura), Laguna Mica (Reserva Ecológica Antisana, Quito), Volcán Chimborazo, Puerto López (Manabí)


lunes, 7 de marzo de 2016

Dejando Perú: cinco meses y medio viajando.



Después de casi cuatro meses desde la última vez que pude acceder a una computadora como para sentarme a escribir tranquila, he llegado a Ecuador y tengo una cama, una laptop, mis cuadernos y tiempo como para dejarme llevar un rato y compartir un poco lo que ha pasado en este tiempo.

Las últimas semanas en el Perú fueron tan intensas, tan fuertes. Estoy empezando a sentir que es parte de lo habitual, de lo que sucede cuando se pasa de un país a otro; lo hablamos con otros viajeros: son transiciones que remueven, cruzar la frontera, los trámites de migraciones... ¿Serán buena onda los oficiales, me darán noventa días, me tratarán bien, me interrogarán mucho? Por suerte a mí nunca me pasó nada, siempre fueron todos muy amables pero... Trámites, declaraciones juradas, papeleo que hay que revisar (que queden visibles los sellos, que estén claros los números, etc.)
La previa a cruzar la frontera no es fácil, por más tonto que parezca, cuando se viaja lento y se tiene tiempo para encariñarse con los lugares se crean lazos, y al partir es inevitable pasar por un pequeño duelo. Es la mezcla de la tristeza de partir con la excitación de ir otra vez a lo desconocido, a nuevas palabras, nuevas comidas, nuevas costumbres. Y pensar en todo lo que se vivió en el país que se deja: tantos encuentros, desencuentros, abrazos, sonrisas, alegría, alguna que otra frustración, momentos de plenitud, todo mezclado en un menjunge mágico de personas, lugares, sonidos, sabores.

Perú fue un capítulo largo, más de la mitad de mi viaje hasta ahora; fue el país en el que más tiempo estuve (tres meses). Viví muchas cosas allí, conocí mucha gente, experimenté más que en mis destinos anteriores los lugares, la cultura, la comida. ¡Y nunca pude imitar el acento!

Pude en las últimas dos semanas peruanas entenderme mejor, ver todo lo que crecí, poner en perspectiva esta nueva vida mía que comenzó en setiembre, cuando me subí a un ómnibus con destino a Córdoba, Argentina, y empecé a cumplir sueños que ni recordaba que tenía.
Empecé a vivir con todo el cuerpo lo que antes no me animaba, a poner mi materialidad en la realidad y dejar de vivir el mundo desde mi imaginación para vivirlo con los cinco sentidos. Asumí que quería viajar, que quería conocer la Tierra, que no me alcanzaba con leer y ver fotos y videos, que yo necesitaba poner mi piel, mis ojos, mis oídos y mi respiración en la montaña, en otro océano, que quería saborear frutas impensadas, hablar con otros acentos, en otros idiomas, mirar ojos que jamás habían visto la Plaza Matriz, la rambla de Montevideo o los leones del Argentino Hotel de Piriápolis, gente que no sabe ni qué es ni dónde queda el Uruguay.
Empecé a asumir que necesitaba conocer algunos rincones de mí que estaban un poco oscuros, que quería ponerme a prueba, que necesitaba verme fuerte y ágil ascendiendo por una montaña, durmiendo en el piso, subiéndome a un camión con desconocidos. Necesitaba verme en otras circunstancias, darme oportunidades con lugares, con personas, con deportes, con juegos, con artes nuevos. Y salí, me ariesgué. Me arriesgué con una compañera de viaje que no conocía, a estar en países de los que sabía poco y nada, a dormir en hoteles lindos y en hostales horribles, a viajar en autos, buses, camiones gigantes o mototaxis, a hacer rutas que no tenía idea de cómo eran, a confiar en gente que veía por primera vez en la vida, a comer comidas extrañas y picantes, a intentar entender dejos raros para los que a veces hubiera necesitado traducción, a cruzar ríos, autopistas, cordilleras y lagos.

Tuve miedo, lloré, sufrí algunas veces y me deshice recordando todo lo que había dejado.
En el camino dudé, me pregunté si seguir y conocí a un niño del norte que con el sol de su pelo me dijo que debía seguir caminando y no me dejó agradecérselo jamás. Confié en el mensaje, escogí quedarme en el viaje cuando mi compañera se volvió a la patria, seguí caminando y me hice una nueva amiga. Trabajé, aparecieron más compañeros y el desafío de convivir con ellos, de aprender a llorar con ellos, a ser con ellos. Viajando así aprendí a encontrar a los mejores amigos del mundo posible en cada ser que está a tu lado en el momento en el que está a tu lado, a aceptar y disfrutar de los amigos que hay aquí hoy.
Aprendí que no me siento sola, que me alcanza conmigo y que por eso puedo sentirme plena con quienes se acercan, porque se acerca gente que me quiere y que puedo querer. Por dos días, por tres meses, hablando por whatsapp, mandándonos selfies (!!) y quedando para contarnos nuestros viajes por skype.

En este tiempo conocí el río mas impresionante que vi en mi vida, que me habló en un idioma que mi mente no entendió pero mi corazón sí y me dejó claro que la Pachamama tiene una fuerza y un poder impresionante, no importa lo estúpido e ingenuo que le suene a la civilización occidental.
Seguí caminando y encontrando amigos y supe que no quería volver, que definitivamente no quiero volver ni parar de viajar, que esta vida le hace bien a mi cabeza, a mi sonrisa, a mis piernas y mis brazos, a mi cuerpo entero, a mi autoestima, a mi resistencia, a mi fe.
Aprendí que no necesito casi nada, que vivir me alcanza, que el amor de mi familia es incondicional y que aún hay cosas que lo pueden hacer crecer más, como verme feliz y libre haciendo lo que quiero hacer, siendo quien quiero ser, compartiéndome como tengo ganas de compartirme. Que hay mucha gente ahí afuera vibrando y resonando con lo que yo estoy haciendo por mí y sólo por mí y que eso me llena de fuerza y convicción para seguir mi corazón, el mandato de mi esencia, que también parece una mentira pero es la verdad. La esencia y el amor, la última Verdad.

Y ahora estoy acá, sabiendo que todo pasa por algo, incluso aquello que yo no puedo entender, y sé que ya lo sabía, pero me hizo bien conocer personas que me miraran a los ojos, me sonrieran y me dijeran, bailando, que esto es así, que estamos juntos, que estamos bien, y que para cada corazón boreal buscando derretirse hay dos almas de fuego danzante buscando quemar chispeando a quienes puedan sentir su calor y respirar su humo. Y que mi vida, definitivamente no es sólo mía ni sólo para mí. Mi vida es para todos, para darla a pleno en cada caricia, en cada mirada, en cada palabra, en cada foto y en cada canción.


La foto es en la Reserva Nacional de Paracas, Perú.

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